Tu voz en la noche me lleva a ti.
Me transporta a tu boca y a tu ser.
Se erizan todos los sentidos en su fluir
y feliz soy reconociéndome mujer.
De repente, siento que piensas en mí,
que sólo, únicas, me hablas a mí,
que tú y yo solas acogemos al cosmos
como si fuéramos un tul de placer.
En nuestra frondosa soledad, tu rubio pelo
se transforma en anillos de mis dedos,
tu nuca descubierta me invita a susurrar
e inspiro tu aroma mitad francés mitad carnal.
Entonces, como un aura de terciopelo y paz,
tu piel resalta entre el murmullo de las estrellas
y pierdo la noción de las estaciones y las horas,
mientras mi piel se inunda de humedad y sed.
Tu voz me conduce por tu cuerpo y se funde al mío,
a tus senos de auroras boreales y suavidad tropical,
acogedores como cimas de flores y plumas de sol,
coronadas por los faros de la luz primera y eterna.
¡Ah, cuánto gozo de nuestra fusión pasional!
Tanto que tu voz se torna más melosa,
porque me he quedado a disfrutar de ti,
de toda tú y de toda yo, ya indistinguibles.
Mi ombligo es tu ombligo, mágico pozo,
el vientre, supremo calor de noche de verano,
cuenca que me lleva, como una riada,
hasta la inmensidad de nuestro mar.
Ahora tu voz sabe a hidromiel y a escarcha.
Recorre mi carne como una ventolera
y se va tensando y ampliando y arqueando
en tanto la luna, en su éxtasis, se derrama sobre mí.
Y me disuelvo en tu voz de amaneceres violetas,
me he adherido a tu boca, desesperadamente,
temiendo que tu voz en mi alarido se agotara
y que tus finos labios me olviden en el silencio.
Soy el océano en su total abundancia de dones
y tú la sirena que lo sazona de canto y dulzura:
saber que cada una y todas tus sílabas me pertenecen,
que en toda tu sensual locuacidad te pertenezco.
Y la certeza de que, aunque concluya esta noche,
tu voz se ha tornado indeleble en mi caminar.
Soy perennemente tuya, aunque me desconozcas,
pues yo soy la semilla de tu hermoso polinizar.
